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COMPARTE TU
HISTORIA

Andrés

16-18/09/2020

“Algunas personas llegan a nuestra vida como bendiciones. Otras, como lecciones.”

-Madre Teresa de Calcutta

Cuando leo esta frase, automáticamente pienso en mi hijo Andrés. Su vida fue una gran bendición y también una gran lección para todos los que lo conocimos. Hoy te quiero compartir su historia. 

 

En marzo del 2020, mi esposo Rodrigo y yo (Mónica) nos enteramos que estaba embarazada y se nos llenó el corazón de muchísima ilusión y alegría. 

 

Recuerdo que mi primera cita con el doctor fue muy diferente a las que me habían tocado con mis otros hijos: Emma (5 años), David (2 años) y otros dos bebés que perdí en las primeras semanas de embarazo. Se acababa de desatar la pandemia de COVID-19 y existían muchísimas restricciones, incluyendo el que mi esposo no pudiera acompañarme. 

 

Llegué un poco nerviosa, pero afortunadamente, cuando el doctor me revisó, todo se veía muy bien. El corazón de Andrés latía perfecto y me confirmaron que nacería alrededor de noviembre. Regresé a mi casa muy emocionada y le compartimos la noticia a nuestros hijos y familiares.

 

Alrededor de la semana 12, nuestra realidad cambió por completo. Rodrigo y yo esperábamos con ilusión la noticia de saber si nuestro bebé era niño o niña y para nuestra sorpresa, nuestra conversación con los doctores fue muy distinta. 

 

Nos mostraron imágenes del ultrasonido que me acaban de hacer y se veía muy claro cómo el cerebro de Andrés no se había formado ni dividido como debería (una condición conocida como holoprosencefalia). También nos comentaron que tenía una condición seria de corazón (tetralogía de Fallot) y que según lo que revelaban unos estudios de sangre que me habían hecho, era muy probable que tuviera trisomía 13. 

 

Nos dijeron que no podíamos estar 100% seguros del diagnóstico genético hasta que hiciéramos una amniocentesis en la semana 16. Pero nos confirmaron que independientemente de lo que revelara este estudio, Andrés estaba muy delicado y muy probablemente no sobreviviría el embarazo. 

 

En ese momento, no creía lo que escuchaba, me negaba a aceptar que todos los sueños que teníamos con nuestro bebé, no iban a poder ser como los habíamos imaginado. Sentí una mezcla de miedo, tristeza y enojo pues no estaba lista para despedirme de mi bebé. Estos sentimientos se intensificaron cuando pensé: “¿Y ahora cómo le voy a explicar esto a Emma y David? Están tan emocionados con la llegada de su hermanito que no les quiero romper el corazón”.

 

En medio de este remolino de emociones me di cuenta que estaba en una situación de muchísima incertidumbre y esto me ponía muy incómoda. Siempre me ha gustado planear, prepararme para lo que sigue y sentir control, y en esta ocasión, el futuro parecía tan doloroso y tan poco predecible, que me sentía perdida. La única opción que tenía para sentir algo de paz era conectar con el momento presente y con todo lo que ahorita sí tenía. Entonces pensé: “Aquí y ahora, Andrés está vivo y lo quiero disfrutar. Aunque su tiempo en la tierra probablemente va a ser mucho más corto que el de la mayoría de nosotros, su vida tiene propósito y la quiero aprovechar al máximo”.

 

Fue una semilla de inspiración divina que me invitó a vivir mi embarazo como nunca hubiera imaginado. Cada día con Andrés era un regalo. Nos enfocamos en celebrar su vida y disfrutar cada detalle. Es difícil explicar la alegría que se nos despertaba cada vez que lo sentíamos moverse o patear. El gozo que era tomarnos fotos en familia conforme mi panza crecía. O incluso, el asombro que sentía cada vez que veía a Emma y a David jugar, hablar, comer o hasta hacer berrinche, pues probablemente eran cosas que su hermanito jamás tendría la oportunidad de hacer.

 

Nuestra relación de pareja también se enriqueció muchísimo. Rodrigo y yo aprendimos a ser vulnerables, a compartir nuestras emociones más dolorosas y a acompañarnos cariñosamente, sin juicio y llenos de compasión. Descubrimos el gran equipo que hacemos y la sabiduría y la fuerza que vienen como frutos del amor.

 

También nos dimos cuenta que no estábamos solos. Justo cuando empezábamos a sentirnos abrumados y la carga parecía insoportable, en ese instante “casualmente” llegaban los recursos, las personas o las palabras de aliento que más necesitábamos. Podíamos ver la mano de Dios en todo y eso nos ayudaba a soltar y confiar. Sabíamos que la vida de Andrés tenía un objetivo que iba más allá de lo que podíamos percibir.

 

Obviamente todo esto no hizo que el dolor desapareciera. Seguía sintiendo miedo, enojo y tristeza seguido (a veces varias veces al día) y me lo permitía. ¿Cómo no me iba a sentir así? Sin embargo, el vivir un día a la vez, gozar de lo que sí había y el encontrar diariamente algo por lo que estaba agradecida, me ayudó mucho a amortiguar el dolor. Me di cuenta que cuando estás dispuesto a sentir dolor profundo, también se te abren las puertas a la alegría y a la abundancia. Apreciamos la luz, cuando conocemos la oscuridad. Aprendí que la tristeza y el gozo sí pueden coexistir.

 

Siguieron pasando las semanas, me hicieron más estudios detallados y el pronóstico de Andrés cada vez era menos prometedor. Nos confirmaron que efectivamente sí tenía trisomía 13 y sabíamos que nuestro tiempo con él iba a ser muy limitado. 

 

Para sorpresa de todos, logramos llegar a la semana 31 de embarazo. Durante un monitoreo con el doctor comencé a tener contracciones muy seguidas y detectaron que el pulso de Andrés se estaba bajando dramáticamente con cada una. En ese momento yo sabía que había llegado el día que tanto añoraba pero que también tanto temía. 

 

Recuerdo estar muy nerviosa porque no sabía de dónde iba a sacar la fuerza y la sabiduría para tomar, junto con Rodrigo, las mejores decisiones médicas una vez que naciera. El mejor consejo que me dio otra mamá que había vivido una experiencia parecida fue, “confía y lee a tu bebé, él te va a indicar el camino”. 

 

Andrés nació el 16 de septiembre del 2020 y su llegada a este mundo transformó a nuestra familia y nuestro corazón. Conocer su carita, acariciarlo y cargarlo hizo que toda la angustia en un instante se disolviera. Recuerdo esos momentos en el hospital como si fueran un sueño. Como si bajó el cielo a la tierra. El tiempo se detuvo y solo existía amor, paz abundante y lágrimas de alegría e infinito agradecimiento. 

 

Fue un gran regalo el que Emma y David pudieran venir al hospital a conocer a Andrés. Le trajeron pastel de cumpleaños, le cantaron las mañanitas y lo pudieron cargar y abrazar; momentos que nunca imaginé que íbamos a poder compartir como familia. 

 

El 18 de septiembre de 2020, Rodrigo y yo tuvimos la bendición de despedirnos de Andrés en el jardín del hospital. Lo llevamos a conocer el sol y ver el cielo azul. Le cantamos, le platicamos y hasta tuvimos momentos juguetones con él. Estuvo en nuestros brazos hasta su último latido y aunque lloramos mucho, también sentimos muchísima paz, pues sabíamos que había cumplido su gran misión, una vida abundante de amor. Justo al despedirnos llegó un colibrí al jardín y sentí su alma presente. Sonreí y pensé: “Andrés yo sé que aquí sigues, tu amor y luz permanecerán por siempre”.

 

Andrés nos enseñó lecciones muy profundas y valiosas. Fuimos testigos de la vida corta de un alma grande con una misión poderosa de transformar a todos los que lo conocieron. Nos deslumbraba ver el impacto tan grande que Andrés tenía en cada persona que interactuaba con él por más breve que fuera su encuentro. No solo dejó huella en mi corazón y en el de Rodrigo, sino también en el de sus hermanos, tíos, abuelos, primos, amistades cercanas y todo el personal médico. 

 

Vino a romper paradigmas y expandir la perspectiva desde la que vemos la vida. En medio de la incertidumbre nos vino a traer paz y el dolor lo transformó en alegría. Nos ayudó a ver más allá de lo que percibimos con nuestros cinco sentidos, a conectar con nuestro espíritu y así descubrir la perfección en una situación que en un principio parecía tan “imperfecta”. Andrés nos enseñó cómo un instante es una vida y que el amor trasciende la forma y el tiempo. 

 

Si tu bebé ha recibido un diagnóstico de trisomía 13 o de alguna condición con esperanza de vida limitada, recuerda, no estás solo. Tu historia no va a ser como la mía ni como ninguna otra. Aunque es imposible predecir cuánto tiempo vas a tener con tu bebé, te puedo asegurar que tu vida va a ser mucho más plena gracias a que esta gran alma llegó a ella. Confía y deja que su amor te sorprenda. 

 

 

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