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COMPARTE TU
HISTORIA

María Sofía

04-07/2013

“Yo no te olvidaré. Te llevo tatuada en la palma de mis manos.”

Isaías 49:16

 

Quiero compartir la historia de mi hija, María Sofía. En abril de 2013, mi esposo y yo recibimos la sorprendente noticia de que estaba embarazada de mi séptimo hijo a mis 42 años. Pensábamos que nuestra familia estaba completa y la llegada de este nuevo bebé nos tomó por sorpresa. Al compartir la noticia con nuestros hijos y familiares, nuestro corazón se llenó de ilusión y alegría. Estábamos muy agradecidos con Dios por confiarnos un hijo más.

 

Durante los primeros seis meses de embarazo, todo transcurrió con normalidad. Sin embargo, en mi cita de rutina en el séptimo mes, el doctor notó algo inesperado en la ecografía y nos recomendó visitar a una especialista en alto riesgo al día siguiente. En esa consulta médica, recibimos la devastadora noticia de que nuestra bebita tenía una alta probabilidad de padecer un síndrome llamado Trisomía 18. No conocíamos ni habíamos escuchado sobre esta condición, por lo que fue un shock para nosotros. Nos dijeron que este síndrome es incompatible con la vida, lo cual nos llenó de tristeza, miedo, angustia, incertidumbre y muchos otros sentimientos. Me pidieron un estudio genético de sangre. El resultado de la prueba llegó después de 15 días y fue positiva. Este fue un momento muy difícil para nosotros porque teníamos muchas ilusiones y nuestros hijos eran muy pequeños para entender que su hermanita tenía la posibilidad de no llegar a nacer o de vivir muy poco tiempo.

 

Mirando hacia atrás, puedo comprender que saber el diagnóstico de María Sofía antes de su nacimiento nos permitió prepararnos emocionalmente y espiritualmente para tomar las mejores decisiones. Durante todo este proceso, mi esposo Humberto me brindó un apoyo emocional y fuerza en cada paso del camino. Este dolor nos unió como pareja y fortaleció nuestro amor como esposos.

 

El amor y el apoyo incondicional de nuestra familia y amigos han sido una verdadera bendición. Aprendimos que compartir nuestras penas y buscar consuelo en la comunidad es una forma poderosa de sanar.

 

Nos enfocamos en el momento presente y disfrutamos cada día de mi embarazo y el tener viva a María Sofía. Nos tomamos muchas fotos preciosas en familia para tener su recuerdo, rezábamos el rosario juntos e invitábamos a amigos para que nos acompañaran. La oración, asistir a misa y recibir la eucaristía nos llenaban de paz y fortaleza.

 

Durante esos días difíciles, sentimos que nuestras oraciones fueron escuchadas y nos llenamos de confianza. Pusimos todo en manos de Dios. Inicialmente, esperábamos un milagro, que María Sofía naciera sana y que todo fuera un error médico. Pero a medida que nos acercábamos a su fecha de nacimiento y los resultados confirmaban su diagnóstico, nuestras oraciones cambiaron de enfoque. Comenzamos a pedir la oportunidad de conocer a nuestra hija con vida, aunque fuera solo por unos segundos. 

 

Durante la semana 40 del embarazo, mi médico tomó la decisión de inducir mi parto. Aquí es donde ocurrió el verdadero milagro… Dios, en su infinita misericordia, escuchó nuestras oraciones y nos concedió el regalo de que María Sofía naciera con vida el 4 de diciembre de 2013, a través de un parto natural. Pesó 1.93 kilos y midió 42 cm. de largo.  Sabíamos que su tiempo era muy limitado, mi esposo tuvo la oportunidad de bautizarla justo al nacer. Sentirla en nuestros brazos, acariciarla y besarla fueron momentos únicos. Fue uno de los días más felices de mi vida. Como su condición médica requería cuidados especiales, no pudimos llevarla a casa. 

 

No nos cerramos al dolor de saber que en cualquier momento podríamos perderla. Deseábamos que nuestros seres queridos también pudieran conocerla y amarla. Recibimos a más de 20 personas en la habitación. Sus hermanos, abuelos, tíos, primos y amistades cercanas tuvieron la alegría de abrazarla.

 

María Sofía se sentía muy segura junto a mí. Siempre intenté tenerla cerca, piel con piel sobre mi pecho, dándole todo mi calor y cariño. Sentir su ternura, su pequeñez y su corazoncito latiendo junto al mío era algo único y especial. Al cuarto día, en un estado de calma y serenidad mientras rezábamos el rosario, ella en mis brazos, junto a su papá y sus seis hermanos y un amigo sacerdote, sentí su último suspiro. Estoy segura de que la Virgen María intercedió por nosotros. Nos entristeció y nos dolió muchísimo tener que despedirnos de ella.

 

María Sofía nos inundó con un amor infinito. Lo más hermoso es que ese amor no se fue con ella, sigue aquí y permanecerá por siempre. Dejó una huella en nuestros corazones y en todos los que estuvieron a su lado. Nos hizo reflexionar sobre el verdadero sentido de la vida. Nos enseño a valorar cada instante, a vivir con gratitud, confiar en el plan divino y amar sin reservas.

 

Siento un profundo agradecimiento a Dios por enseñarme sobre el milagro de la vida. Esto me inspiró escribir un libro sobre su vida llamado 'Cachito de Cielo'. A pesar de los desafíos, hay belleza y propósito en cada vida, y todos merecemos ser amados.

 

Si tienen alguna pregunta o les gustaría conocer más sobre mi historia, no duden en escribirme a cachitodecielo@grupolomex.com. Estaré encantada de compartir más detalles y brindarles apoyo en lo que necesiten. ¡Gracias!

 

Verónica

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